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Entre Columnas/ Por: Martín Quitano Martínez/ No a la intolerancia.

 

“Ante las atrocidades tenemos que tomar partido. El silencio estimula al verdugo“

Alie Wiesel

 

Ha sido el año 2019 el que mayor número de homicidios dolosos ha registrado desde que se empezó a hablar de la guerra contra el narcotráfico. La violencia se ha vuelto un continuo que poco espacio deja a imaginar que las cosas pueden mejorar en nuestro país; no solo los homicidios, sino todos los actos violentos se vuelven comunes, secuestros, amenazas, extorsiones, lesiones físicas, agresiones verbales, daños a muebles e inmuebles. Perpetrados por organizaciones y ciudadanos comunes y por todo tipo de autoridades, en contra de organizaciones, ciudadanos comunes y todo tipo de autoridades.

Pero es de destacarse aquella violencia que ocurre por discriminación de género, por mostrar la fuerza o rechazo a la opinión diferente o a la diversidad sexual, por ser niño o adulto mayor, por diferencias religiosas, económicas o del color de la piel, por ser minusválido, por ser gordo o flaco, alto o bajo, por ser extranjero o de otra región o barrio, ser aficionado de otro equipo deportivo o simplemente mostrar que somos superiores, por ignorancia, prejuicio, miedo o enojo.

La violencia cotidiana que se produce con la relajación y cobertura de nuestras arbitrariedades. La violencia que hace justicia por propia mano, la que saquea comercios, destruye bienes públicos o hace rapiña; la violencia doméstica, la de los vecinos insolidarios e irrespetuosos, la violencia ciudadana de los que tiran la basura en cualquier lugar, la que se apodera de los espacios públicos, la que roba y destruye áreas verdes, la que ocupa sin recato los espacios públicos especiales, esa realizada desde los individuos de un sociedad que pareciera recrearse en las quejas contra lo que hacen los demás, diariamente mirando la paja en el ojo ajeno.

La violencia del despojo, la omisión y la soberbia institucional, de los representantes populares, gobiernos y funcionarios que acosan y lastiman a los empleados, que pasean su altanería, no solo mostrándola en la ineficiencia que en muchos casos les son comunes sino en esas violencias que acomodan en la utilización de los recursos públicos para su beneficio privado, las que ejercen con sus oídos sordos ante los llamados sociales, las que hacen patentes en la ausencia o definición de políticas públicas que no ayudan a superar nuestros problemas o la violencia derivada de su indiferencia a las normas, a respetar y asumir sus responsabilidades, de responder a los encargos que ostentan.

Reducir la violencia, mejorar nuestra convivencia, y aprender a vivir en una cultura de paz, nos obligar a asumir la parte que nos toca de la violencia que vivimos para buscar los canales y las acciones que logren superar lo que ahora padecemos. Debemos dejar de voltear la cara, de mirar en sentido opuesto a los hechos que nos obliguen a ser mejores ciudadanos. La referencia de nuestro hartazgo es tan visible como nuestra hipocresía para realmente comprometernos con exigir y asumir nuevos comportamientos; sin duda no es de todos pero si es de mayorías que por una parte rasgan sus vestiduras mientras los señalamientos no vayan contra ellos. Hagamos un esfuerzo personal, familiar, social para desterrar paso a paso un pedazo de esa violencia arbitraria que goza de tanta impunidad y grita tan solo, ¡al ladrón…!.

LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA

Sencillamente, con la salud, no se juega.

 

 

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