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La prensa en Veracruz, víctima o victimaria

 

Por Edgar Hernández*

 

 

Hay periodistas incómodos que merecieran mínimo una buena madriza por sus infundios y mentiras hechas públicas. Sé de comunicadores sin escrúpulos y corruptos más acreedores la cárcel que ser considerados como la conciencia de la sociedad… ¿Pero cómo entender y aceptar a la autoridad cuando se erige en juez y verdugo y en uso y abuso de su autoridad amenaza, agrede y sacrifica?

Veracruz vive momentos difíciles en su relación prensa-estado.

No encuentra el equilibrio a pesar de haberle invertido miles de millones de pesos, pagado espacios estelares y corrompido a quienes consideró los mejores exponentes de la opinión pública.

La estrategia falló.

La relación prensa-estado ha tocado fondo. No se encuentra el camino y la actual administración ha brincado de una a otro y de otro a otro más, comunicadores oficiales, sin alcanzar ese equilibrio que permitiera legitimar las acciones de gobierno.

Hace algunas semanas he propuesto al aspirante Pepe Yunes la necesidad de un “Pacto por Veracruz” en donde los medios y el propio gobierno signen un acuerdo, un acuerdo no escrito, en donde se comprometa una tregua y prime el bien supremo que es Veracruz.

A Javier Duarte aún le quedan 14 meses para restañar heridas y pedir perdón. Solo tiene que dejar de oír consejas insanas.

Por encima del dinero, los convenios, las prebendas o ajeno a las golpizas, asesinatos –tenga o no la culpa el gobierno-, satanizaciones o agresiones por encargo a los periodistas, debe retornarse al punto de equilibrio.

Ni el gobierno es todo lo malo que se dice, ni los periodistas son el Diablo sin calzones.

Hace cuatro décadas a quien esto escribe le tocó vivir como reportero la caída en vertical de la imagen de un gobierno que apoyado en el populismo buscaba trascender en la historia.

Luis Echeverría se afanó. Apoyó como nunca se había hecho a los medios de comunicación y a los periodistas, pero nada le funcionó. Terminó gestando el asalto al diario Excelsior que dirigía Julio Scherer y sacrificando a Manuel Buendía, escondiéndose el asesinato en el crimen organizado.

Con José López Portillo desde el arranque de su presidencia se buscó la reconciliación con los medios. La frivolidad, el nepotismo y su mal gobierno terminaron con el “No te pago para que me pegues” polarizando la relación prensa estado y sometiendo a tribunales a varios periodistas bajo el “daño moral”.

Muchos malos ejemplos más registra la relación de gobiernos diversos con la prensa.

Eso no es nuevo.

En Veracruz sucede lo mismo. En las relaciones con medios cuando no se cae resbala. Del registro digamos de las últimas tres décadas, nos encontramos con periodistas golpeados, asesinatos bajo sospecha, un jefe de prensa él de Miguel Alemán- en la cárcel e historias de delaciones y difamaciones que jamás debieron publicarse.

En el intrincado camino de las relaciones de los medios con el gobierno se aprende que hay reglas no escritas que jamás deben violentarse.

Son temas de seguridad nacional y estatal.

En mis 23 años como jefe de prensa con un sabio de la política, Fernando Gutiérrez Barrios, me quedó claro que hay valores entendidos que no debes alterar ese tan fino como imperceptible hilo que hace posible el equilibrio entre la prensa y el estado.

Fuera del bronce que deifica al gobernante existía un interminable trabajo que hacía posible la gobernabilidad.

Gutiérrez Barrios siempre decía que la política no la hacer ni ejercen damas de la caridad, sino los hombres de carne y hueso. Y hacía propio aquello de “lo que en política se puede comprar, es barato”.

En su mandato hubo, por supuesto, acuerdos; se atendieron atingencias que no fueron del todo ortodoxas; se apoyó a los periodistas de manera sustantiva, sin regateos, sin excesos, pero sobre todo sin empujarlos a escribir loas, ni ocho columnas diario o pedirles que “comieran carne de perro”, es decir, que se atacaran entre sí.

Eso jamás.

Sin ser crisol de buen gobierno siempre se consideró que los comunicadores están mal pagados, que carecen de todo tipo de apoyo médico y asistencial y que siempre andan a la tercera palabra.

El periodista en promedio vive modestamente.

Acaso por ello una preocupación fundamental del gobernante de marras era impedir la ordeña: “¡No toque el dinero de los periodistas porque no sabe usted si ya lo tiene destinado para el pago de su luz, la renta o la educación de sus hijos”.

En la relación con la prensa hubo necesidad de continuar con reglas de juego que Gutiérrez Barrios ni inventó, tampoco Hernández Ochoa o Fidel o Javier. Son las herencias –buenas o malas- de una sociedad organizada incapaz de encontrar medidas de fondo que profesionalicen al periodista.

Hoy, producto de la impericia de los comunicadores oficiales, se ha roto el molde que permitía al gobierno del estado avanzar en su obligación de informar sus alcances, metas y esperanzas con márgenes razonables de crítica.

Alfredo Gándara, Gina Domínguez, Alberto Silva y un desconocido de apellido Pavón por citar la decena trágica, no supieron como transitar en ese delicado camino de las relaciones prensa-estado.

¿Que influyó mucho el jefe?

Tal vez, pero constreñirse exclusivamente a una relación de dinero y de preferencia a cierta prensa dañó, dividió, gestó rencores y confrontó a los propios periodistas y dueños de medios.

Y es que si el jefe estaba de mal humor contra determinado columnista, el jefe de prensa se erigía en el verdugo. Si el tema era dinero… pues a atascar al editor para que la fiesta siga en paz y si el asunto era escarmentarlo… pues vámonos con todo.

Ya se escribirá dentro de 14 meses qué pasó con Carlos Jesús Rodríguez, el periodista que el día que no gustaron sus escritos por las razones que fueran, terminó en el hospital con la espalda rota, estallamiento de vísceras y esas inolvidables carcajadas del Procurador Reynaldo Escobar cuando le platicó a su jefe Javier Duarte el infausto pasaje de tortura y degradación contra el colega.

Eso sin olvidar a los pasquineros que por encargo se prestaron a la destrucción moral y familiar del periodista.

Ya se escribirá, cual testamento maldito, como se gestaron las agresiones contra la periodista Claudia Guerrero, violentada en su domicilio por una turba de encuerados, las agresiones a su modesto negocio y por estos días los cobardes libelos en donde se meten incluso con su vida privada. Una verdadera canallada.

Ello al igual que extraños avisos y amenazas, asaltos a casas de comunicadores, hostigamiento a la “pinche prensa”, dirían los clásicos, y el dejar de pagar acuerdos preestablecidos porque “el dinero se acabó”.

Con todas estas referencias no se busca afirmar que tiempos pasados fueron mejores, simplemente insistir en que hay reglas no escritas que nunca debieron romperse.

Infidencias que jamás debieron publicarse como tampoco utilizar a la propia prensa para golpear a los periodistas o permitir filtraciones en tan delicados temas de dádivas, cochupos, chayotes, convenios o apoyos “por fuera” so riesgo de estridentar aún más la ya de por sí pésima relación del gobierno con los medios, de romper el equilibrio.

Hoy cabe de nuevo la anécdota del régimen de Gutiérrez Barrios con la periodista Regina Martínez, quien un día pegaba y el otro también en La Jornada, de la cual era corresponsal.

“Hable con ella, convénzala”, pedía preocupado.

Y así fue, pero jamás cedió, a lo que el sabio mandatario concluyó con un “¡Está bien. Dejemos que nos pegue, todo político necesita una dosis de impopularidad para que se le crea!”

Hoy al igual que siempre en materia de medios, el único camino es el diálogo. Imponderable arribar a un acuerdo por Veracruz. La reconciliación es necesaria. Sin ella ningún gobierno camina.

A escasos 14 meses del fin de la tragedia acaso la autoridad considere que el tiempo se acabó. Si es así, el juicio de la historia será fulminante y ya llegará el mañana en donde se abra una tregua y se firme un armisticio de respeto y diálogo, de democratización en la relación, un acuerdo por Veracruz.

Tiempo al tiempo.

 

 

*Premio Nacional de Periodismo

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