Un mar de indiferencia

TIERRA DE BABEL

Jorge Arturo Rodríguez

 

Un mar de indiferencia

A la memoria de Raúl Ramírez González, quien me incitó a escuchar a los Rolling Stones.

 

Cierto: morir no es nada del otro mundo, como dice un personaje de Paul Auster en su novela Tombuctú. Y Tombuctú es un “oasis de espíritus que empieza donde termina el mapa del mundo”. Pero, ¿cuál mundo? Este donde sobrevivimos y que, insisto, lo estamos exterminando. Quizá sería mejor, de plano, decirlo con las letras de la canción “Sympathy For The Devil” (“Simpatía por el Diablo”), de los Rolling Stones, ahora en memoria de su baterista Charlie Watts que acaba de irse de este mundo rumbo a Tombuctú.

          Pero los vivos seguimos, ¿o no? Más muertos de miedo que vivos, puesto que nos acorralan un sinfín de atrocidades y, lo peor, un infinito de pendejadas. “Cuando me muera, vístanme de negro. Guardaré luto hasta que mis restos polvo sean. Son ustedes los que se quedan”, escribiera Williams Deer. Bien, dejemos lo fúnebre para otro momento. ¿Cuándo? ¿No es a cada instante cuando sucede? Para no irnos tan lejos (no creo que más allá de este mundo), recurro a los titulares de los medios de comunicación y, sin orden de aparición, leo: “Cambio climático, peor y más rápido de lo esperado: ONU”; “¡Emergencia climática! Ola de calor asfixia a Italia con temperaturas históricas mayores a 48°C”; “Informe climático advierte posible desaparición de países enteros durante este siglo”; “Las consecuencias del cambio climático son irreversibles”, alerta la ONU en informe histórico”; “Por cambio climático, México está a 1 grado del clima extremo y colapso”; “Tierra empeora su salud, signos vitales preocupan a científicos, ¿se puede acabar la vida?”; “Lluvia en la parte más fría de Groenlandia sorprende a científicos, ¿es señal del fin del mundo?” Y así por el estilo.

¿Se puede acabar el mundo? En realidad, parece que nos vale puritita madre, salvo excepciones. Por más que nos digan, nos adviertan, nos aconsejen y nos prohíban, somos más los testarudos y nos chingamos a los salvadores del mundo. Lo del cambio climático y calentamiento global y etc., pos eso pasa y pasará y seguiremos viviendo. Ajá… Ojalá. Igual, de algo nos tenemos que morir, ¿o no? Qué virtud de obviedad. Me lleva la que me trajo.

En medio de este desmadre ambiental, ahí la llevamos con las enfermedades y contagios, muertes naturales y demás. Ahí la llevamos con la violencia, crímenes y la ola de necedades, egoísmo, soberbia, odio e indiferencia, como creyendo que todo esto es pasajero y, tan luego, amaneceremos en un mundo nuevo y feliz. Así, como si nada. Por arte de magia o la Divina Providencia. Crucémonos de brazos, pues.

          Agréguele que aquí en México, nuestros gobiernos “velan” por nosotros –¿velan nuestras vidas o velan nuestras muertes? Ajá. Estamos a toda madre, viendo cómo se va todo al traste, viendo cómo los políticos o politiqueros nomás se están peleando por el hueso (“perro que ladra no muerde, dicen), preocupados por la revocación del mandato, por el 2024, por el poder: “…¡tengo el poder!” Y hay que perpetuarlo. Vivir entre la pugna política.

Ambrose Bierce, en su Diccionario del Diablo, define “Política” como el “Conflicto de intereses disfrazados de lucha de principios. Manejo de los intereses públicos en provecho privado.” Claro, en México la política está remasterizada. Algo así como: “Frente al “yo” y al “superyó” está el “qué sé yo”, escribiera Ramón Gómez de la Serna. ¿O no, AMLO, compañía y opositores?

En medio, el pueblo que no sabe pa’ dónde jalar, porque por un oído le dicen “Sí”, y por el otro “No”. Nada de puntos medios: eres o no eres. La crítica constructiva –para no mencionar a la ciencia y las artes- que vayan mucho a ya saben dónde. En suma, no hay de qué preocuparse: “…que la Nación me lo demande”. Ajá.

Vistan como vistan al monje y le pongan la sonrisa que gusten a Mona Lisa… Nada se resuelve y mucho menos se mejora, si no es por la toma de conciencia y el bien actuar, con creatividad, pero, sobre todo, con humanidad. Alejarnos de la ignorancia y armarnos de valor para gritar: “¡Paren el mundo que me quiero bajar!” Y, de ya, cuidar nuestro mundo.

Estemos alertas, porque “El Mar de la Indiferencia se ha desatado”, ¿o no, S. J. Lec?

 

De cinismo y anexas

 

Hace tiempo, en una reunión de amigos, platicando amenamente sobre varios temas serios y banales, tuve la ocurrencia de expresar: “Como dijo mi abuelo: unos a chingar y otros a no dejarse”. A lo que Juan, el mayor de los ahí reunidos, comentó: “Pues mi abuelo decía: “Chinga que atrás te vienen chingando.” Y como el tiempo no se detiene, ahora veo que un servidor es abuelo. Así que, como el próximo 28 de agosto es Día del Abuelo (ahora tendría que decirse Día de las Abuelas y de los Abuelos, por aquello del lenguaje inclusivo, entonces mejor “abueles”), no me queda de otra que enviarles abrazos y que Dios nos bendiga, porque, a como anda la situación, pos vaya usted a saber lo que nos espera en lo que nos resta de vida. Aunque, viéndolo bien, no hay edades para sufrir y… Creo que me entienden.

          La palabra “Abuelo/a” tiene significados, asociaciones, connotaciones muy variadas y siempre acorde con lo que se vivió, se vive y se avizora vivir. Muchas veces asisten la nostalgia, los recuerdos, la melancolía –no son lo mismo, eh-, el arrepentimiento, el dolor tanto para la persona abuela o abuelo como para familiares y amigos y etc. Otro tanto acuden la risa, el encanto, la felicidad: “Todo tiempo pasado fue mejor”. Desde luego, hay quienes piensan que “Todo tiempo pasado fue peor”. Pero no es el momento para “enfrascarnos” como moscas dentro de un frasco. Mal que bien o bien que mal, como gusten, hay que darle vuelta a la hoja y poner nuestros esfuerzos, así en plural, en ayudar para que la vida sea mejor o al menos más llevadera, en momentos donde el futuro parece que cierra sus puertas a todas las edades. No olvidemos a nuestras abuelitas y abuelitos, que los años no pasan en balde. No importa que seamos cascarrabias o se nos vaya el avión… Que a como te veo me vi y a como me ves te verás…

          Dice un personaje en la novela Tombuctú, de Paul Auster: “Pero no sólo de palabras vive el hombre. Necesita pan, y no sólo una hogaza, sino dos. Una para el bolsillo y otra para la boca. Lana para el pan, ya me entiendes, y si te falta lo primero, ten por seguro que te quedarás sin lo otro.”

          En honor a ellas y ellos, digo, con Albert Einstein: “No entiendes realmente algo a menos que seas capaz de explicárselo a tu abuela.”

 

De cinismo y anexas

 

Y en tanto pasa tanto desmadre –espero que algún día pase-, les dejo lo siguiente, para compartir con las abuelitas y los abuelitos, porque la risa sana, dicen.

 

Cada vez que voy a una boda mi abuelo se ríe y me dice:

-Tú eres el siguiente.

Así que cada vez que voy a un funeral con él, me río y le digo:

-Tú eres el siguiente.

 

***

Un abuelo a su nieto:
-Qué aburrida está la tele últimamente.
-Abuelo, que eso no es el televisor: estás mirando el microondas.

 

***

 Llaman a la puerta, se acerca el niño a abrir. Vuelve y la madre le pregunta:
-¿Quién era, hijo?
-Eran unas monjas pidiendo para el asilo.
-¿Y qué les has dado?
-Les he dado al 
abuelo.

 

***

A mí siempre me ha fascinado el ballet. Cuando tenía 30 años, iba para ver a las bailarinas.

-¿Y después?

-Cuando tenía 40, iba para oír la música. Y ahora, con 70, voy porque las butacas son muy cómodas.

 

***

Se encuentran dos amigos y dice uno:
-No sé qué hacer con mi bisabuelo, se come las uñas todo el tiempo.
-Al mío le pasaba igual, y le quité la manía en un momento.
-¿Cómo? ¿Le amarraste las manos?
-No, le escondí los dientes.

 

***

-Un niño rompe el jarrón de su madre y antes de que se disponga a regañarle, el niño se apresura a decir:

-No diré nada sin la presencia de mi abogado…. Abuelaaaaaa.

 

***

Un abuelo muy viejito en el gimnasio:
-Oye chaval… ¿Qué máquina tengo que usar para ligarme a una de 30?
-Yo diría que… el cajero automático.

 

Ahí se ven.

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