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POR LA VERDAD Y LA CONFIANZA/Dra. Zaida Alicia Lladó Castillo/ AMOR A LA PATRIA: ELIMINAR LA MEDIOCRIDAD

 

“Patria”, va más allá de un simple concepto, pues además de referirse al territorio donde se nace también describe el valor estimativo a los símbolos o hechos, históricos o presentes, que marcan nuestra identidad y fortalecen los vínculos: familiares, sociales, profesionales, legales, culturales  o nacionalistas.

Porque, aunque todos podemos conocer la palabra Patria, el concepto: Amor a la patria, es algo más grande y significativo, porque evoca ese sentimiento de respeto a la nación, reconociendo y apreciando todos sus sufrimientos pero sobre todo sus virtudes que hace estar profundamente orgullosos de ella, lo que mueve a defenderla y trabajar a su favor hasta el sacrificio,  con valentía y dignidad.

Y esa visión de amor a la patria, ha logrado que muchos países del mundo donde han vivido  circunstancias lamentables,  hayan superado la adversidad:

Por ejemplo en Japón, concretamente en Hiroshima existen varios monumentos que recuerdan los lamentables hechos del año 1945, que se ubican en el Parque Conmemorativo de la Paz; y uno de esos monumentos es el Cenotafio Conmemorativo a las víctimas de la bomba Atómica, que tiene la leyenda: “Descansad en paz, pues el error jamás se repetirá”. Ese epitafio los japoneses lo tienen muy presente, pues es un acicate para levantarse todos los días a resolver sus problemas y en ese espíritu de lucha, basan su energía, lo que les ha permitido enfrentar guerras, recesiones económicas o catástrofes naturales.  Porque sólo cuando el ser humano ama a su país, es que puede  mantenerse unido a él y lo demuestra en el trabajo—incluso en el sacrificio–, superándose y pensando primero en su nación, más que en sí mismo.

En México, aunque desde hace 108 años no hemos vivido guerras o enfrentamientos armados, sí hemos vivido catástrofes naturales que nos han unido en el dolor y nos hemos dado la mano, unos a otros; como también  hemos enfrentado una guerra intestina contra la delincuencia en los últimos 18 años, que por su crecimiento, se ha convertido en el principal enemigo de las familias mexicanas.

Pero esos problemas como otros, –que nos amenazan y nos dañan porque cobran vidas– debieran ser motivo suficiente para cambiar, de una actitud de observadores y lamentadores, a una actitud de actores y protagonistas de las soluciones.

Es cierto nuestra patria tiene agravantes—enemigos silenciosos– que nos han dañado y han abonado a la desconfianza, tales como:

  • Las injusticias y los abusos de malos políticos o funcionarios que desde el poder han saqueado a la nación o a sus entidades y lo que es peor, que son protegidos por quienes dictan las leyes de este país porque son aplicadas a discreción y en la mayoría de los casos esos delincuentes de “cuello blanco”, no son castigados como se merecen.
  • La proliferación cada vez mayor de malos mexicanos que a través de las mafias , dañan, lesionan, o exterminan a los propios mexicanos—en especial a niños y jóvenes–, y que han quebrantado la tranquilidad de las familias llevando dolor y alterando la paz nacional.
  • Los hombres ricos del país, que en tiempo de crisis en lugar de ser solidarios con la nación, se han llevado sus capitales a invertirlos en otras latitudes cuando se sienten amenazados, no importándoles si quiebran las finanzas nacionales.
  • La pobreza que se traduce en falta de ingresos, de oportunidades y en discriminación y desigualdad, lamentando que los programas gubernamentales sean manejados a discreción y privilegiando los criterios políticos por sobre los humanos.

Luego entonces ¿acaso los mexicanos no somos capaces de unirnos para enfrentar esos problemas que mucho nos dañan? ¿Por qué a los mexicanos nos cuesta tanto trabajo ponernos de acuerdo para superar nuestros problemas? Y la respuesta hay que ubicarla en la verdad: hay muchos complejos e inseguridades en cada uno de nosotros, que nos limitan a vencer esa falta de voluntad,  depresión y apatía.

Luego entonces si queremos eliminar esas actitudes poco útiles, debemos operar de menos dos elementos vitales: 1) trabajar con alto rendimiento y 2) lograr la unidad.

  • Trabajar con alto rendimiento, implica que pueblo y gobierno hagan muy bien su parte. Pero sobre todo implica que cada quien dé un esfuerzo adicional a lo que normalmente hacemos y que eso marque la diferencia. Pudiendo hacerlo desde lo individual y en comunidad, pero sobre todo, saber trabajar con el gobierno–sin tomar en cuenta siglas–en cualquiera que sea el nivel en que nos lo demanden.
  • Lograr la unidad, implica desprendernos de los intereses personales , de grupo o de partido, para involucrarnos en un equipo o acción ciudadana que nos permita participar en los planes, acciones y seguimiento del trabajo, ofreciendo resultados basados en la honestidad, la eficiencia y la lealtad.

Si cuando menos logramos estos dos elementos, podremos cambiar nuestras resistencias por actitudes colaborativas. Está demostrado que es la falta de seguridad individual y la falta de confianza entre  unos y otros, lo que impide operar a favor de causas comunes. Pero debemos estar conscientes que si se continúa en esta inercia de pesimismo, ni los problemas se resuelven y lo que es peor, ni se da el crecimiento. Porque en la negatividad, el egoísmo personal fluye: si no crezco yo, no dejo que crezcan los demás”.

Luego entonces, amor a México,–o amor a la patria—no es “dar el grito” o mandar “Vivas por whats app”. Tenemos que cambiar actitudes y trabajar en unidad. Y eso no lo pueden hacer quienes quieren resolver los problemas sentados en el café o haciendo escarnio del trabajo de otros, sin mover un solo dedo en la solución de los problemas.

Eso no es ser inteligente ni mucho menos mexicano. Eso, es caer en la depresión social, en el anti-amor a la patria, que contamina a las poblaciones y solo lleva a generar corajes y revanchas. Y cuando los individuos caen esa actitud se crean las “sociedades mediocres”. Y ¿cómo nacen estas sociedades? A partir de la formación y actuación de hombres mediocres.

El filósofo Italo-argentino José Ingenieros, en su libro “El Hombre Mediocre”, al hacer un análisis sobre ese tipo de ser humano que se forma en un sistema que crea mediocres como base a su subsistencia, decía: “Y en esta perspectiva, podemos ser mediocres por elección propia o como víctimas de la misma…Una mediocridad basada en el “tener más que en el ser”, diría Fromm. Y en ese afán patológico por  brillar en una sociedad mediocre, donde lo material sustituye lo humanista, donde el afán de la fama y el poder oscurece las mentes de los padres de familia para luego “malformar” a hijos que se convierten en déspotas, prepotentes y sin el minimo de consciencia social no humana, es la peor de las mediocridades. Porque es caer en la falsa  “decencia intelectual” y reproducir lo más nefasto de la vida”.

Reflexiones muy duras, que merecen un análisis mucho más profundo, pero que no dejan de ser muy ciertas en la actualidad. De ahí que el amor a la patria se demuestre eliminando la mediocridad de una sociedad y entrando en la excelencia, es decir, en dar ese “plus” para marcar la diferencia.

Porque finalmente el amor a la patria, es como todo tipo de amor: se forma, se cultiva, se cosecha, se respeta y se disfruta.

Gracias y hasta la próxima.

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